Poemas de amor

Sentir,
sentir que tu manos es mi acaricia,
sentir que tu sueño es mi deseo,
sentir que tu mirada es mi descanso,
sentir que tu nombre es mi canción,
sentir que tu boca es mi refugio,
sentir que tu alma es mi regalo,
sentir que existes…
sentir que vivo para amarte.

Beso sobre beso
tu piel encarna la belleza
tu piel pide mil caricias
suave sobre suave
tu cuerpo para amar
tu alma para sentir
tierna sobre bella.
¿Cómo no desearte?

Si te llamo y no respondes,
muero por tu silencio,
si te acaricio y no me acompañas,
sufro por tu desprecio,
si te amo, y no me correspondes,
seguiré amándote, porque aun así soy feliz admirándote.

Cada día te quiero,
un día te respeto,
otro te admiro,
otro te sueño,
pero siempre te quiero,
porque amanecer es quererte,
y estar sin ti, mi muerte.

Durmiendo, soñaba contigo,
desperté y seguí soñando,
imaginé que existías,
sentí que te quería
pensé que te amaba
y volví a soñar porque me querías.

Pensando en ti,
en tus labios y deseos,
en tus ojos y silencio,
en tu piel y sentimientos,
y he decidido que te quiero,
pero ni me hizo falta pensarlo.

Profe, lo he cogido de internet porque me gustaban y los he puesto por si querías verlos, a mí me encantan espero que a ti también te gusten y… ¡¡¡Feliz Navidad!!! Espero que os paséis bien estas Navidades.

Salvador Rueda

Salvador Rueda fue un escritor malagueño que cultivó la novela, el relato breve y el teatro; pero es famoso sobre todo como poeta.

Su poesía es de un gran colorismo y sonoridad, con innovaciones métricas y rítmicas que fueron después repetidas por otros poetas. Sus temas son variados, destacando la naturaleza y la geografía y tradiciones andaluzas. En este precioso ejemplo aparecen en el mismo soneto elementos de ambos ámbitos: la mariposa y la copla.

Tiene la mariposa cuatro alas;
tú tienes cuatro versos voladores;
ella, al girar, resbala por las flores;
tú por los labios, al girar, resbalas.

Como luce su túnica, tú exhalas
de tu forma divinos resplandores,
y fingen ocho vuelos tembladores
tus cuatro remos y sus cuatro palas.

Ya te enredas del alma en una queja,
ya en la azul campanilla de una reja,
ya de un mantón en el airoso fleco.

En el pueblo andaluz, copla, has nacido,
y tienes —¡ave musical!— tu nido
de la guitarra en el sonoro hueco.

Salvador Rueda nació en la Axarquía malagueña (en la aldea de Benaque) en 1857 y murió el 1 de abril de 1933 en Málaga.

Rafael Alberti

Rafael Alberti nació en El Puerto de Santa María en 1902. Al principio quería ser pintor, pero con motivo de la muerte de su padre descubrió su verdadera vocación como poeta. Con poco más de veinte años publica su primer libro de poemas, «Marinero en tierra», que obtiene el Premio Nacional de Literatura. A este libro pertenecen algunos de sus más famosos poemas, como «Si mi voz muriera en tierra»:

Si mi voz muriera en tierra
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar
y nombradla capitana
de un blanco bajel de guerra.

Oh mi voz condecorada
con la insignia marinera:
sobre el corazón un ancla
y sobre el ancla una estrella
y sobre la estrella el viento
y sobre el viento una vela!

En la página web de la Fundación Rafael Alberti puedes oírlo recitado por su autor.

Alberti, como Emilio Prados y tantos otros poetas, tuvo que marcharse fuera de España y vivir una gran parte de su vida en Buenos Aires y Roma; pero afortunadamente, su vida fue larga, y una vez regresó a nuestro país la democracia, pudo pasar aún bastante tiempo en su tierra, cerca del mar de la bahía de Cádiz que tanto le gustaba. En 1983 fue nombrado Hijo Predilecto de Andalucía.

Emilio Prados

Emilio Prados nació en Málaga en 1899. Fue amigo íntimo del también malagueño Manuel Altolaguirre, con quien fundó la revista de poesía Litoral. Se le encuadra dentro del grupo llamado «Generación del 27», y su poesía pasó por distintas etapas de acuerdo con su trayectoria vital.

Te llamé. Me llamaste.
Brotamos como ríos.
Alzáronse en el cielo
los nombres confundidos.

Te llamé. Me llamaste.
Brotamos como ríos.
Nuestros cuerpos quedaron
frente a frente, vacíos.

Te llamé. Me llamaste.
Brotamos como ríos.
Entre nuestros dos cuerpos,
¡qué inolvidable abismo!

Como tantos otros poetas, al final de la Guerra Civil tuvo que marcharse de España, muriendo en México en 1962. En 1998, el Ayuntamiento de Málaga lo nombró Hijo Predilecto de la ciudad.

Gutierre de Cetina

Gutierre de Cetina nació en Sevilla en el año 1520, en el seno de una familia acomodada. Vivió en Sevilla, Valladolid, Italia y México, trabajando como militar y poeta. Estuvo enamorado varias veces, lo que inspiró la mayor parte de su poesía. Su obra más famosa, el madrigal «Ojos claros, serenos», se dice que fue inspirado por el amor que sentía por la condesa Laura Gonzaga.

Ojos claros, serenos,
si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

El madrigal es una composición breve de tema amoroso que combina versos de siete y de once sílabas. Muchos de ellos fueron convertidos en preciosas piezas musicales como esta (si escuchas con atención podrás seguir el poema):

Gutierre de Cetina es el poeta del amor, de los ojos y de la mirada.

Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Béquer nació en Sevilla en 1836. Se conoce principalmente como poeta, pero también escribió preciosas narraciones.

Su poesía es de un romanticismo íntimo. En esta Rima II se compara a sí mismo con elementos de la naturaleza que se dejan llevar por el destino.

En este sitio puedes oírla recitada.

Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;

hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde al polvo volverá;

gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y no sabe
qué playa buscando va;

luz que en los cercos temblorosos
brilla, próxima a expirar,
ignorándose cuál de ellos
el último brillará;

eso soy yo, que al acaso
cruzo el mundo, sin pensar
de dónde vengo, ni a dónde
mis pasos me llevarán.